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Centromail (info@centromail.es)
Después de las desagradables experiencias de Derceto y La Cocina del Infierno,
Edward se había prometido a s¡ mismo que no volvería a cometer los mismos
errores que le llevaron a aceptar semejantes casos. Pero, que demonios,
Slaug- ther Culch no era una mansión embrujada, sino un simple pueblo abandonado
donde la Hill Century estaba rodando una película de vaqueros. El que todo un
equipo de rodaje, incluida su amiga Emily Hartwood, hubiera desaparecido sin
dejar rastro no era algo que pasara todos los días, es cierto, pero, ¨que les
podía haber ocurrido?. Sea como fuere, una simple visita al lugar de rodaje
terminar con todas las especulaciones. ESTO NO ES LO QUE PARECE. - Nada
más pisar las polvorientas callejuelas deshabitadas, Ed se vio agasajado con un
caluroso recibimiento. Caluroso, y explosivo, el también se podría
decir. Un cartucho de dinamita derrumbó el puente, único camino de salida del
pueblo, y a punto estuvo de acabar también con su vida. Un sujeto alto y
demacrado, que vestía una sotana negra y un sombrero vaquero, haba sido el
encargado de encender la mecha. Una vez más, Ed estaba metido en un buen
lío. Después de recuperarse del efecto de la explosión, Ed se dirigió al
derruido "saloon" donde encontró un bidón de gasolina que utilizó para poner en
marcha un proyector que había en el interior del edificio. Las imágenes
mostraban cómo uno de los actores principales era poseído por un fantasma
desconocido, mientras el caballo huía aterrorizado. Las cosas empezaban a
resultarle familiares. Un registro posterior del inmueble le permitió hacerse
con una lata de aceite, una llave, unas maracas y una caja de cerillas, as¡ como
una jarra con alcohol de madera, una botella y un frasco, escondidos en la
barra, enfrente de una calavera de toro que decoraba la pared principal. Casi
por inercia, decidió empujar el cuerno izquierdo, que abrió una trampilla en el
suelo custodiada por un zombie armado hasta los dientes. Después de una ardua
pelea el espectro se transformó en un gato endemoniado y salió despedido por los
aires, dejando tras de s¡ un as de diamantes y una bala de oro. Decidido a
explorar la trampilla, Ed se dejó caer, hallando una lámpara vacía. Con ayuda
del aceite y las cerillas consiguió encenderla, y as¡ descubrió que se
encontraba en la bodega. Allí se hizo con un bastón y examinó el cartel que
colgaba de la pared, donde se revelaba la existencia de un pasadizo secreto
dentro del barril situado más a la izquierda. Sin embargo, detrás de la
puerta de madera sólo encontró un buen puñado de serpientes, a las que engañó
utilizando las maracas. Una rudimentaria escalera le guió hasta una de las
celdas de la cárcel, donde fue atacado repetidas veces por varios cowboys
armados con escopetas. Mientras se deshacía de los fantasmas, recogió una
piedra y, con ayuda del bastón, recuperó la llave de la puerta que había en el
exterior de la celda. Una vez fuera, lanzó la piedra contra la pared, en cuyo
interior encontró un amuleto indio que le permitió sobrepasar el pentagrama que
había en uno de los pasillos. También le entregó la jarra de alcohol de
madera a un zombie, en la sala del fondo, obteniendo a cambio un frasco
curativo. Al otro lado del mencionado pentagrama se encontraba la oficina del
Sheriff. Registrando un poco, se hizo con una estrella, unos cartuchos y un
poderoso Winchester, que consiguió abriendo el armero con la llave que poseía
Colgados de las paredes, reposaban los carteles de los forajidos más famosos de
Salugther Gulch, entre los que se encontraban los Hermanos Elwood, Li Tung, un
karateka experto en explosivos y Jim Burris, al que sólo una bala de oro podía
detener. Ahora Carnby conocía a sus enemigos, estaba en disposición de
enfrentarse a ellos. Se internó en una sala dominada por un enorme armario,
al lado de una puerta que alguien intentaba abrir. Rápidamente, empujó el
armario hasta bloquear la puerta. Después, se apropió de una escopeta
escondida en el armario y subió por la escalera que había detrás, alcanzando el
ático del edificio. La luna brillaba en lo alto ofreciendo una noche clara,
convertida en espectadora de excepción de los terribles acontecimientos que
estaban a punto de producirse. JIM BURRIS RECIBE SU MERECIDO. - Nada más
salir al exterior, Carnby encontró un látigo y una soga de horca en el centro de
una luz sobrenatural que esquivó para hacerse con ella. También se apoderó de
una tira de cartuchos y una placa de hierro que utilizó como chaleco antibalas
antes de encontrarse con Burris. Cuando el cuatrero se encaró con él, Ed
cargó la bala de oro en el Winchester y acabó con su vida, obteniendo a cambio
un saco lleno de escorpiones. Allí cerca, en los alrededores de un barril de
pólvora, se hizo con una ametralladora Gatlin, un frasco curativo y una mecha
corta. La única salida posible era una puerta que se encontraba cerrada, así
que disparó contra ella antes de encender la lámpara y entrar en la misteriosa
sala. En su interior, descubrió con horror como un misterioso sujeto estaba
ahorcando a un muñeco vudú, con un parecido asombroso a Ed. Mientras sentía
como le faltaba la respiración y el cuello comenzaba a quebrarse, utilizó la
soga de horca para librarse del hechizo. Enseguida, colocó los escorpiones en
la trampilla y empujó la palanca, acabando con el hechizero. Como recompensa
a sus esfuerzos, obtuvo un cartucho de dinamita, al que colocó la mecha, y un
trozo de carne seca. Luego, más tarde se dirigió al barril y, después de
deshacerse de dos esqueletos enterradores y esquivar los disparos que provenían
del otro lado de la mirilla, introdujo el cartucho en un agujero cercano al
bidón de madera. Antes de encender la mecha, abrió la puerta. Mientras las
cerillas cumplían con su deber, escapó de la sala al mismo tiempo que una
tremenda explosión revelaba una nueva salida en la pared. Hacia allí se
dirigió, pisando una flecha que había en el suelo, lo que reveló un nuevo
pasadizo. A través de él llegó a un tico dominado por una puerta, donde se
deshizo de otro vaquero con bastantes malas pulgas. En la pared del fondo
había un hueco disimulado que escondía una gigantesca máquina. Examinándola
con atención, Ed colocó la estrella del sheriff en el hueco y utilizó el látigo
para desplazar la palanca superior. Esto activó un mecanismo que abrió la
mencionada puerta. Así llegó hasta un puente que cruzó a la carrera, saltando
hasta la ventana que daba al primer piso del saloon. En el pasillo principal
Carnby encendió todas las lámparas, obteniendo varios mensajes. Al otro lado
de una de las puertas, había una sala presidida por un gran cuadro del que salió
el fantasma de Arizona Kid. En la hoja de periódico que había en el suelo, Ed
encontró la solución al enigma. La hoja decía así:"Kid se aparece todas las
noches en el lugar donde murió, cuando el buitre canta. Es posible seguirlo a
través de su imagen". Sin perder tiempo, alimentó con la carne al pájaro del
reloj de cuco, que le entregó una ficha y ahuyentó al cuatrero. Sin olvidarse
de coger el perchero, atravesó el cuadro, yendo a parar a un dormitorio donde
reposaba una gran cama. Tras el correspondiente registro, se adueñó de una
pera de agua, una perla, una flecha y una llave detrás del espejo. Le entregó
la flecha al cupido, y observó una extraña imagen reflejada en el
cuadro. Abrumado por la proliferación de pensamientos oscuros que recorrían
su mente, regresó a la venta rota por la que había llegado al saloon, y encontró
un anillo de bisutería cerca del enorme agujero que había en el
suelo. Manipulándolo un poco, separó el aro del diamante. Puesto que todas
las puertas estaban cerradas, utilizó la llave del espejo en una de ellas, y
entró en una nueva habitación donde reposaba el diario de Emily. En él se
narraban los misteriosos acontecimientos que habían tenido lugar durante el
rodaje de la película. Al parecer, todo empezó cuando se produjo un temblor
en la falla de San Andrés, justo el lugar donde se estaba escenificando la
película. Brett Samuels, uno de los técnicos de rodaje, desapareció en el
abismo, y aún a pesar de que se buscó su cuerpo durante muchos días, éste no
apareció. Poco a poco, todos los miembros del equipo de rodaje fueron
asesinados o poseídos por espíritus malignos, hasta que sólo quedaron con vida
Emily y Morrison, el armero. La narración se interrumpía bruscamente, dejando
en el aire muchas de las dudas que corrompían al bueno de Ed. En una de las
encimeras, descubrió la estatua de un dragón, al que le faltaba un
ojo. Poniendo el diamante en el lugar apropiado, obtuvo un paquete cartuchos
para el Winchester. La única salida de la habitación era el balcón, donde un
zombie disparaba desde una de las ventanas. Haciendo gala de su afilada
inteligencia, Edward puso el perchero delante de la ventana, para frenar las
balas. Como el cuatrero había perdido su ventaja, salió afuera, pero su
enorme corpulencia hizo que se rompiera el suelo y aterrizara unos metros más
abajo. Para entrar en la nueva sala recién descubierta, Ed empujó uno de los
paneles de la ventana y formó un rudimentario puente. Una vez dentro, se hizo
con un disparador de una cámara, un flash, una llave y un folleto de
instrucciones, con un mensaje: "los rollos de películas son inflamables" Pero lo
que más turbó sus pensamientos fue la foto de un temible pirata que le resultaba
familiar: era nada más y nad a menos que Jack el Tuerto, el morador de la
ostentosa Cocina del Infierno, escenario de una de sus anteriores
aventuras. Mientras unas gotas de sudor frío comenzaban a recorrer su frente,
Ed decidió utilizar la pera de agua con el disparador y volver sobre sus pasos
regresando a la ventana rota por donde había entrado en el saloon. Utilizó la
llave recién descubierta y abrió la puerta más cercana. Un voluminoso
habitante de las tinieblas que agitaba los brazos con la furia de dos hirientes
látigos le impidió continuar su camino. En una de las esquinas de la sala, un
rollo de película yacía abandonado en el suelo. Acordándose del último
mensaje que había leído, usó el disparador y posteriormente el flash en el rollo
abandonado. El zombie acabó achicharrado, lo que le permitió apoderarse de un
bidón de aceite. Introdujo la ficha que llevaba en el piano mec nico y
escuchó una curiosa historia, según la cual un tal Stone llegó a estas tierras,
gobernadas por los indios, y descubrió un extraño mineral. Inmediatamente,
contrató a un puñado de presidiarios para construir una estación y un tren,
mientras edificaban una compleja red de subterráneos en el lugar donde antes
reposaba el templo de los indios. ¨Cual sería ese extraño mineral?. ¨Por
qué los indios no opusieron resistencia? Preguntas sin respuesta a las que
Carnby, de momento, no podía contestar. Como se le habían agotado todas las
salidas, Ed decidió investigar más a fondo la habitación, fijándose en una
atrayente diana, a la que no dudó en disparar. Como premio a su buena
puntería obtuvo un frasco reconstituyente y un palo de guerra indio, mientras la
caja que ocupaba el centro de la sala se movía a un lado para dejar al
descubierto la entrada de un maloliente subterráneo. Con ayuda del aceite,
las cerillas y la lámpara, consiguió iluminar la estancia, reflejando unas
paredes rocosas que desembocaban en una amplia caverna gobernada por un lago de
lava. Saltando cuidadosamente de bloque en bloque, Carnby alcanzó el pilar
donde descansaba un indio, al que enseñó el palo de guerra para poder continuar
con su camino. Tras unos cuantos saltos más, llegó hasta un bloque decorado
con un símbolo, después de encontrar unos cartuchos y una llave
pequeña. Ahora, con mucho cuidado, consiguió alcanzar la antepenúltima piedra
antes de la salida, en donde quedó atrapado. Sin saber que hacer, recordó que
se encontraba en un lugar sagrado, as¡ que usó el amuleto navajo, que hizo
aparecer de la nada una hermosa águila, transportandolo a la ansiada
salida. Así, se adentró en las largas estancias de una sobrecogedora mansión,
demasiado parecida a otras que ya había desentrañado sus secretos. ESCALERAS
Y PASILLOS. - Después de deshacerse de dos matones, se adueñó de una
chistera, un frasco y una llave, que empleó en la puerta del final del pasillo,
donde estaba la biblioteca. Allí, localizó una plancha de imprenta, un manual
de relojería y un libro cerrado, que abrió con la llave de las cavernas. El
manuscrito hablaba de las tradiciones de los indios navajos, pero unas
desalentadoras revelaciones no hicieron sino confirmar sus sospechas de que sus
antiguas pesadillas, que ya creía olvidadas, volvían a la realidad. Pregzt,
el dueño de Derceto, también estaba envuelto en todo esto. Intentando liberar
su mente de recuerdos dolorosos, siguió registrando los
alrededores. Descubrió un reloj detrás de un busto y un espejo donde colocó
la plancha de la imprenta que reflejaba la matanza de Slaugter Gulch, ocurrida
en 1865. Con estas inquietantes noticias, Ed se encaminó a la puerta cercana
a un barril de sales de plata. Gracias al manual de relojería, consiguió
abrirla con ayuda del reloj. En la sala que quedó al descubierto se encontró
con Morrinson, el amigo de Emily, que le entregó un story-board. También
consiguió algunos cartuchos colocando la chistera en la estatua de Abraham
Lincoln. Justo en ese momento, un nuevo espíritu maligno apareció a través de
una de las vidrieras, atacando a Morrinson. Tras acabar con él, Carnby se
dirigió al mencionado ventanal y lo destrozó de un disparo, lo que le permitió
alcanzar el cementerio. Allí, las tumbas abandonadas parecían permanecer bajo
el influjo de una piedra circular adornada con símbolos indios. Se le ocurrió
introducir el palo de guerra en el agujero del centro, despidiendo un rayo de
luz que impactó de lleno en la tumba marcada con las iniciales
O. E. J. (One Eye Jack). As¡ que aquí era donde reposaban los restos
del malvado Jack el Tuerto, al que Carnby creyó eliminar en la cubierta del
barco pirata, en su anterior aventura!. Recordando acertijos pasados, colocó
el as de diamantes encima de la tumba, que desplazó la losa dejando al
descubierto una nueva entrada. Decidi- do a comprobar si realmente Jack el
Tuerto estaba muerto, Edward se introdujo en el panteón, hallando un pergamino
con el mensaje "Volveré!", mientras era transportado a la cocina de la
mansión. Entre cazuelas oxidada s y mesas carcomidas, encontró un rollo de
película, una bolsa de carne seca y un frasco de aceite, que empleó para
aderezar la carne de la chimenea. Esto activó un mecanismo que separó la
pared y le permitió acceder a la sala de baile. El amplio salón estaba
presidido por una pareja de bailarines que le entregaron una caja de cartuchos y
un martillo. Los músicos, sin embargo, no eran tan amistosos, así que tuvo
que deshacerse del florista después de coger la cuerda de la guitarra, la
partitura y la llave de la caja fuerte que se escondían el
gramófono. Enseguida, regresó a l a cocina, escapando por un corredor
camuflado detrás de un falso mueble. Así se encontró con otra puerta cerrada,
que abrió empleando uno de sus habituales métodos expeditivos: introdujo la bala
30/30 en la cerradura y la ex- plosionó con el martillo, desarmando el cerrojo
que le impedía continuar la búsqueda. Allí mismo, en una destartalada
habitación, encontró un detonador, una bombilla y el plano de colocación de una
bomba junto a una maqueta de la estación, así como una mesa de montaje
estropeada, que arregló con la cuerda de la guitarra y la bombilla. De esta
forma, pudo visionar el rollo de película que llevaba, una esotérica filmación
donde se veía como la dulce Emily era poseída por un demoníaco personaje. Por
último, antes de abandonar la mesa, utilizó la partitura en el visor,
descubriendo un número, "806", camuflado entre las notas. La única salida del
cuarto trastero era una puerta que llevaba directamente al banco. Esquivó un
nido de ametralladoras que protegía la caja fuerte y localizó un libro de
astronomía y una curiosa pintura de un billete de dólar con una
combinación. Examinó repetidas veces el cuadro y si- tuó el número 806 en la
combinación, desactivando así las ametralladoras. Ahora, el camino hacia la
caja fuerte estaba despejado, pero la extraña combinación que poseía le impidió
abrirla al primer intento. No obstante, gracias al libro de astronomía
descubrió que la perla jugaba un papel fundamental, además de la propia llave de
la caja. Después del satisfactorio "clic", la puerta cedió para dar paso a un
nuevo zombie que, aprovechando el susto inicial, le robó el amuleto y se dio a
la fuga. Rápidamente, antes de perderlo de vista,Carnby salió en su busca y
le obsequió con un par de agujeros en el estómago,recuperando el preciado
objeto. Ya dentro de la caja fuerte, encontró una maleta de la Hill Century
repleta de dinero, pero que contenía una trampa que se activaba al
abrirla. Puesto que todas las demás salidas estaban cerradas, Carnby abrió la
ventana que había cerca de la caja, aterrizando en la casa de McCarthy. Allí
encontró un mensaje firmado por el ministro Jed Stone, en el que confesaba estar
dispuesto a cambiar a Emily por la maleta llena de dinero y su correspondiente
llave, en el depósito de agua. Puesto que no tenía otra elección, Ed decidió
aceptar el trato. La única forma de llegar a las afueras era a través de la
mina, así que, emulando a Indiana Jones, se montó en la carretilla que había en
la sala, no sin antes apoderarse del conector. De esta manera tan
cinematográfica, escapó de los matones que rodeaban la casa y llegó a la
estación abandonada. Allí le estaba esperando el jefe de la estación, que
doblegó empujando un gigantesco cartel y derramando la pintura. Como premio a
su agudeza de ingenio, consiguió la ansiada llave de la maleta y un tira fondos
escondido en los raíles, que empleó para golpear la campana que abría la puerta
que daba acceso a la vía del tren. El depósito de agua se encontraba cerca
pero antes de acudir a la reunión decidió cubrirse la espalda. Gracias al
plano de la bomba que había recogido, colocó el detonador y el conector en la
valla cercana al edificio. En unos pocos segundos, la estación voló por los
aires, acabando con un zombie que parecía dispuesto a robarle la maleta antes de
acudir a la cita. Ahora que ya nada podía detenerle, se dirigió al tanque de
agua, donde Emili esperaba aterrorizada. Enseguida apareció uno de aquellos
horripilantes muertos vivientes, empuñando una bandera blanca. Ed se dispuso
a cumplir su parte del trato, depositando la maleta y la llave en el
suelo. Esta ingenuidad le costó la vida, ya que, con el dinero en su poder,
los hermanos Elwood hicieron acto de presencia y le acribillaron a balazos,
mientras unas carcaja- das metálicas se mezclaban con los silbidos de las
balas. EN LA PIEL DEL PUMA. - Cuando Edward Carnby despertó, sus feroces
ojos eran capaces de ver en la oscuridad; su olfato captaba todos los olores de
la noche, y sus cuatro patas provistas de afiladas garras le permitían
desplazarse con gran rapidez. Gracias al amuleto indio, el hechicero había
conseguido recuperar su alma e introducirla en el cuerpo de un puma, aunque sólo
temporalmente. Si quería recuperar su forma humana debía devolver el águila
dorada a la tierra de donde provenía, antes de que se apagasen las cenizas de la
hoguera. Sin perder ni un instante, Ed aprovechó su cuerpo felino para entrar
en el saloon y subir de un salto las escaleras rotas que la anterior vez no
había podido franquear. Así llego al primer piso. Saltando hábilmente el
agujero del suelo y la ventana rota, alcanzó el tejado de la cárcel, justo hasta
uno de los rebordes donde se divisaba la estatua de Jed Stone. Una vez más,
de un poderoso brinco aterrizó cerca de su brazo, donde descansaba una hermosa
figura con forma de águila. Con la reliquia en su poder, siguió la vía hasta
llegar a un barril de alquitrán, en el que introdujo una de sus patas
delanteras. Después se encaminó a la mansión y metió la garra manchada en el
bidón con las sales de plata. Ahora ya disponía de un arma para acabar con
los lobos que le impedían el paso al camposanto, donde se encontraba la cueva
del hechicero. Tras una dura batalla, colocó el águila en el fuego de la
caverna, recuperando su conciencia humana bajo un metro de tierra
prensada. Afortunadamente, hacía apenas unos minutos que acababa de ser
enterrado, así que no le costó demasiado salir de su propia tumba. El susto
se lo llevó el sorprendido enterrador, que dejó caer su revólver, suministrando
un arma al reencarnado Carnby, junto a una pastilla de jabón que encontró por
allí cerca. De nuevo, se dirigió al tanque de agua, en busca de algún rastro
de Emily, pero sólo encontró a un pistolero que parecía ser su propio
doble. Ed dejó el revolver en el suelo y le ofreció su mano, entremezclándose
con la extraña aparición, mientras se transformaba en un imponente
vaquero. Tras recoger de nuevo el arma, subió hasta la cima del tanque y se
introdujo en su interior, donde usó el jabón con su espectro que patrullaba la
zona, y el cepillo metálico que encontró con el agujero de la viga. De esta
forma, abrió una trampilla que le llevó a otro sobrecogedor complejo de
cavernas. EL CIENTÍFICO LOCO. - El primer objeto que llamó la atención de
Carnby fue un carcomido cuaderno que escondía una buena cantidad de importantes
revelaciones. Su detallada lectura le permitió descubrir que el mineral de la
montaña era radioactivo, por lo que antes de manipularlo había que fundir plomo
sobre él. Dado que el agua de las cavernas era agua pesada -el hidrógeno
había sido sustituido por su isótopo, el deuterio-, su combinación con el
mineral podía provocar el apocalipsis. También se relataba una leyenda azteca
según la cual el que hiciera derrumbar el mundo a los mares del otro lado de la
Gran Cicatriz-la falla de San Andrés- reinaría sobre toda la
Tierra. Meditando sobre estos dos misteriosos descubrimientos, Carnby
localizó un plano y una hoja seca, que colocó en el busto del indio. Con
ello, abrió la puerta que le llevó a una nueva gruta repleta de camastros, donde
tuvo que enfrentarse a dos carceleros ayudándose de un pico que encontró por
allí cerca. Tras salir victorioso, se encontró con un frasco azul y un
pergamino con el siguiente mensaje: "al de la carabina hay que darle de
beber. Una vez en el cielo, apártate del viejo chiflado y sus agujas
envenenadas". El siguiente obstáculo era un suelo de picas que sólo se podía
cruzar pisando en unas baldosas. Tras una serie de intentos fallidos,
consiguió arribar al otro lado, donde aniquiló a otros dos zombies con ayuda del
pico. Así, llegó a una derruida biblioteca y encontró un libro de bocetos de
Jed Stone, que dejaba al descubierto su plan diabólico. Al parecer, pretendía
hundir el lado oeste de la falla de San Andrés, sepultando ciudades como Los
Ángeles y San Francisco. También se interesó por otro libro calcinado en
donde descubrió el nexo de unión entre sus anteriores aventuras:Jed Stone era
nada menos que el hijo de Pregzt y Elis Jarret, la bruja a la que se enfrentó en
La Cocina del Infierno. Una minuciosa exploración del recinto le permitió
abrir la puerta con ayuda de la palmatoria, saliendo de allí con una garrafa de
agua y una aguja en su poder. Le entregó la garrafa al carabinero y así entró
en el ascensor, donde recogió una hucha que en su interior escondía el
portaobjetos de un microscopio. Empujó la palanca y se internó en una sala
presidida por cuatro pulsadores de varios colores. Colocó el portaobjetos en
el microscopio y descubrió la secuencia de colores para abrir la puerta, lo que
le permitió acceder a un tétrico laboratorio. Recordando el mensaje del
libro, envenenó la aguja con ayuda de un frasco de veneno. Después, usó el
frasco en el matraz, bebiendo el líquido resultante. Al instante, Edward se
transformó en un diminuto ser de apenas 15 centímetros de estatura. Gracias a
su reducido tamaño, se introdujo en la celda donde estaba el doctor y le atacó
con la aguja envenena- da, tras recuperar su tamaño habitual. Esto le
permitió añadir a su inventario un frasco de amoníaco, una paja y la llave de la
cárcel. Introdujo de nuevo el veneno en el matraz, pero esta vez aprovechó su
pequeñez para colarse por un agujero que había en la pared, al lado de la
mesa. Utilizando la paja como pértiga,saltó un precipicio y se apoderó de una
poción. Al recuperar su tamaño normal, descubrió que se encontraba en la
guarida de un gigantesco hombre-araña, dispuesto a chuparle hasta la última gota
de sangre. Sin casi darle tiempo a reaccionar,esquivó sus picotazos y derramó
la poción en el charco que hacía las veces de bebedero de la bestia. Cuando
ésta tomó un trago, se convirtió en una diminuta amenaza que Carnby aniquiló con
la suela de su zapato. EMILY. - La apestosa gruta era en realidad una
trampa de la que parecía imposible escapar. En una de las paredes,Ed
descubrió un agujero que daba a una caverna donde se encontraban Emily y el
endemoniado Jed Stone. Usó el frasco de cola de la araña al lado de la
cavidad,en la parte más luminosa, y consiguió escalar la pared. El momento de
la verdad llegaba y los peligros se sucedían uno tras otro. Ahora se trataba
de un zombie cuya cabeza reposaba en la esquina opuesta de la
habitación. Dado que las armas de Ed sólo parecían hacerle cosquillas, tuvo
que ingeniárselas para coger la cabeza,esquivando el cuerpo, y tirarla por el
agujero. Antes de salir por la puerta recién abierta recogió un lingote de
plomo y un Winchester escondido detrás del yunque. En la siguiente cueva, el
mismísimo Liu Tung, alias "Cobra", le salió al encuentro, y sólo gracias al
Winchester recién adquirido pudo deshacerse de él, recuperando una peluca y una
moneda de dólar, que introdujo en el póster de Jed Stone. Unas lúgubres
escaleras y una caja de cerillas era lo único que le separaban de su dulce
amiga. . . y del malvado pistolero,que debía haber maquinado algún plan
diabólico ya que se dio a la fuga nada más ver aparecer el rostro asombrado de
Carnby, mientras observaba el cuerpo poseído de Emily dentro de una calavera
tallada en el suelo, por cuyos conductos fluía el mineral
radioactivo. Evitando pisar el mineral, Edward se encaminó hacia el
recipiente y lo encendió con las cerillas, colocando el lingote de plomo en el
molde adecuado. El plomo se fundió, cubriendo el mineral y liberando as¡ del
hechizo a Emily, que salió corriendo para terminar desmayándose. Como la
chica estaba fuera de peligro, Carnby decidió perseguir a Jed Stone, atravesando
la puerta por la que había escapado, no sin antes recoger el bastón maléfico en
que se había convertido el plomo. Ésta se cerró a sus espaldas y activó una
plancha con pinchos que se acercaba dispuesta a ensartar al bueno de Carnby,
mientras un malvado carcelero intentaba entretenerlo. Enseguida, Edward acabó
con él y se adueñó de su cuchillo, al mismo tiempo que lanzaba el frasco de
amoníaco contra la puerta, para despertar a Emily. Ésta activó la palanca que
tenía a su lado y detuvo la plancha mortal. En el lado opuesto del pasillo,
la puerta no tenía cerradura, pero consiguió abrirla apalancando un gancho que
colgaba del techo, con ayuda de la peluca. Los goznes rechinaron mientras un
halo de malignidad le azotaba la cara sudorosa. Jed estaba cerca. EL
MINERAL RADIOACTIVO. - Nada más cruzar el portón,Carnby descubrió una gran
figura de metal que lo apuntaba con un descomunal revólver. Era, en efecto,
Jed Stone, protegido por una armadura metálica que le volvía invulnerable a las
armas de fuego. Por si fuera poco, contaba con el apoyo de los hermanos
Elwood, dispuestos una vez más a acribillar a balazos a nuestro héroe. Eso
era lo que ellos creían; corriendo como un loco esquivó las balas y se dirigió
al tótem que se erguía en el lado opuesto de la sala,donde introdujo el bastón
maléfico. El poder del mineral consumió a los miserables hermanos
Elwood. Ahora sólo quedaba enfrentarse con Jed Stone, aunque no iba a ser
nada fácil acabar con él. Estudió detenidamente todas sus opciones e ideó un
plan desesperado: mientras corría en zigzag para esquivar los balazos, se
dirigió al depósito y abrió la llave de paso, inundando una pequeña zanja que
corría debajo de unos cables pegados a las paredes. Se puso los guantes de
goma que encontró cerca de allí¡ y cortó el tendido eléctrico con ayuda del
cuchillo, para dejarlo caer estratégicamente en el agua, sin que Jed se diera
cuenta. Sin pararse siquiera a respirar, corrió de vuelta a esconderse detrás
del tótem, que liberó todo su poder para empujar a Jed encima del agua, donde
una terrible descarga eléctrica le hizo regresar al mundo de las
tinieblas. Todavía con una mueca de horror en su rostro, Carnby recogió un
saco de carbón y escapó por la puerta que Emily acababa de abrir, en dirección
al tren que les llevaría hacia la libertad. Después de introducir el carbón
en la caldera y encenderlo con las cerillas, pulsó la palanca de la derecha,
mientras un ensordecedor pitido acompañado de una gran humareda inundaban la
cueva. Una vez más, había salido victorioso de su lucha solitaria en la
oscuridad, pero esta vez Emily estaba a su lado y,quién sabe, cualquier cosa es
posible cuando se tiene entre los brazos a une estrella de cine agradecida.
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