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Análisis
Vampire: The Masquerade
Género: -
Compañía: -
Distribuidora: -
Plataforma: PC

 
Juan J. Fermín (szandor@ludics.com)

Vampiros, la Mascarada, es un título que goza de un éxito indiscutible en el mundo del rol. Nos presenta un mundo, el nuestro, en el que convive con nosotros la raza inmortal de los Hijos de Caín, condenados a repetir cada noche el asesinato de Abel mediante el ritual de la sangre. Sólo era cuestión de tiempo que el juego de mesa fuera adaptado a la pantalla de nuestros ordenadores. Ya hace unos meses, algunas de las revistas que se llaman a sí mismas 'especializadas', anticipaban que este sería el más firme candidato para convertirse en el mejor videojuego de rol de todos los tiempos, ya que tendríamos la oportunidad de disfrutar de innovaciones hasta ahora inéditas, como la de contar con un Director de Juego. Según decían, éste sería el más ambicioso intento de acercar la magia del rol de mesa a nuestros PC,s.

Sin embargo, mi experiencia como jugador me dice que, contra más expectiva genere un juego, más fácil es acabar defraudado cuando al fin se tiene la oportunidad de verlo. Vampire entra en esa categoría de juegos que combina grandes aciertos junto a más grandes errores, y que te puede gustar o no según en que aspectos te fijes primero.

Vamos por partes. La historia comienza en el siglo XIII, y tiene como protagonista a Cristoff, un cruzado que es herido en batalla, y es trasladado a un convento de Praga para ser curado. De boca de la hermana Anezka, su enfermera, será puesto al corriente de unos extraños fenómenos que afectan a la ciudad, que parecen tener su epicentro en las minas. Nuestro héroe acude a investigar, sin saber que anda entrometiéndose en un secular y terrible enfrentamiento entre clanes de demonios bebedores de sangre, uno de los cuales le otorgará la inmortalidad...

Cuando vi el juego por primera vez, tanto los gráficos como la perspectiva empleada, me recordaron mucho al Heretic II. Porque eso es precisamente Vampire: un arcade 3D en tercera persona. Sin duda, si le hiciste caso a algún crítico demasiado entusiasta, e instalaste este título en tu PC con la esperanza de disfrutar del videojuego de rol definitivo, te llevarás una tremenda desilusión. Una manera bastante prosaica de explicarte cómo es el Vampire es imaginarte que a nuestra amiga Lara Croft le impusieran el sistema de acumulación de experiencia y el inventario propios del Diablo, quitándole a cambio todo el repertorio de saltos y acrobacias.

Los escenarios cuentan con unos gráficos correctos, que no llaman la atención ni por defecto ni por exceso de calidad. Las localizaciones son terriblemente pequeñas (de Praga, se reduce o tres o cuatro calles cada una de las cuales incluye idéntico número de casas...). Nada de ir vagando por ahí, descubriendo rincones ocultos. El escenario se reduce a lo que es imprescindible, y otro tanto puede decirse de los PNJ,s. Además de aquellos que forman parte de la historia, apenas verás tres o cuatro 'extras'. Pero es que tampoco la historia se presta a la libertad de acción. El argumento es lineal como el filo de una regla, no tendrás opción real para alterarlo o encontrar rutas alternativas. Cuando te digan acudir al punto X, tendrás que ir tarde o temprano al punto X, por narices.

Otra muy desagradable primera impresión viene dada por los controles del juego. No se pueden configurar de ninguna manera y, te guste o no, tendrás que conformarte con lo que viene por defecto. Aunque acceder a todos los menús disponibles es bastante sencillo, no puede decirse lo mismo del control del personaje. La cámara tiende a situarse en posiciones desde las cuales es imposible controlar la acción (por ejemplo, enfocando la espalda de tu personaje, impidiéndote ver a los enemigos que tiene delante).

En el fondo, Vampire no es un mal juego. Es un juego de acción entretenido, facilón, que te ayudará a matar algunas horas de tu tiempo libre. Su fallo está en el hecho de que intenten vendérnoslo como si fuera un juego de rol, como si bajo esa etiqueta pudiera esconderse cualquier cosa, y nosotros fuéramos lo bastante bobos para no saber distinguirla.
 
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